Ella no tiene el andar ligero de las mujeres fantasía que
bailan en las nubes. Tiene en el caminar el peso perfecto para dejar huella sin pisotear la tierra.
No huele a flores como aquellas ninfas nacidas en la
imaginación de algún burgués de la palabra. Su olor es una mezcla de sudor,
sangre y fuerza porque la vida se lo ha requerido.
Su piel no goza de la claridad de seda que imaginan hombres
menos certeros. Es una piel hecha bajo el sol y marcada por el día a día.
Es preciso decir que su sonrisa no es un destello de sol, es
más bien dientes y labios que más que a los ojos apunta al corazón.
Su voz no es el canto de las aves más sinfónicas del
paraíso. Es el sonido firme, suave y seductor que sólo de su pecho puede
emanar.
No disfruta que la adoren como diosa postrada en cama de
rosas. Quiere amor desbocado y cataclísmico sobre cualquier superficie que le
venga en gana.
A ella estos poemas logran apenas contornearla contra la
imaginación, pues resulta imposible arrancarla del mundo a base de metáforas
para construirla en el aire.
Resulta imposible porque es una mujer de carne y hueso.
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