Mientras toma la siguiente carretilla de piedras para llevarla a la muralla le sonríe a la gente pasando por la calle. No hace mucho que llego a esta ciudad, o al menos no mucho en comparación con el tiempo que lleva viajando, siempre delante de la tormenta, sin embargo la gente lo ha acogido. Bastante tendrá que ver que se encargó de preparar una expedición para abrir las rutas de comercio después del deslave y consiguió constructores del sur para amurallar la ciudad antes del invierno y la incursión de bandidos en la zona, sin mencionar que lleva desde su llegada entrenando a la guardia para poder proteger la muralla, seguro todo eso hizo a la gente más afable hacia su presencia. Descarga las piedras talladas al borde de la muralla y regresa por otra carga. No ha descansado desde que llego, es decir no verdaderamente, se ha mantenido activo ayudando a la ciudad, sin embargo sonríe pues hacía tiempo no realizaba un trabajo honesto que involucrara construir y no destruir. Saluda a algunos de los trabajadores tomando su almuerzo al sol, es fuerte de momento pero con las frías temperaturas del norte estar bajo su luz es más placentero que molesto, mientras regresa con la carretilla a la cantera.
Algunos hombres picando la piedra lo miran y lo saludan, el sudor en su frente los hace parpadear y él sonríe mientras devuelve el saludo y camina hacia el pozo. Llena una cubeta y vuelve con los hombres a ofrecerles un trago de agua. Le sonríen e incluso bromean sobre si no será posible algo con más cuerpo, algo de cerveza o un buen vino del sur. Él les asegura que una vez terminada la muralla podrán beber todo lo que quieran sin preocuparse. Uno de los hombres le menciona que es demasiado bueno para su propio bien o incluso para el de ellos pero la sonrisa le quita toda la malicia al comentario. Sin detenerse deja la cubeta y el cucharón cercas de los hombres y vuelve a llenar la carretilla para trasladar la piedra. El día está empezando y deben avanzar lo más posible antes de que las tormentas golpeen la ciudad, todo debe estar preparado para la oscuridad.
Al paso de los días el avance en la muralla es considerable incluso más allá de lo esperado, esto le provoca gran satisfacción personal ,estará listo con tiempo de sobra por cualquier tragedia. Entre la gente se escuchan rumores de que acabaran a tiempo para enfrentar las tormentas. Hay un tono de preocupación y cualquiera que haya vivido en el norte sabe que no tiene nada que ver con la tormenta, si no con los seres que se esconden entre sus faldas.
Bandidos es una palabra que no termina de describir a la ruin escoria que se mueve en la sombra de las tormentas. Hombres sin nación, credo u honor, criaturas que se ven beneficiadas de llamarles hombres pero llamarles animales insulta más a la fauna inocente del mundo de lo que lo haría a esta peste. Cada invierno llega junto con las tormentas y moviéndose entre las sombras, saquean, asesinan, secuestran y siembran el terror, podrían destruirlo todo, pero no lo hacen, pues sería poco práctico destruir su fuente de alimento. Al parecer hasta una plaga como esta sabe que se tiene que alimentar y cada año se repite el terror. Nadie sabe exactamente como comenzaron, pero es bien sabido que son especialmente adversos a la luz del sol y por ello atacan solo con las tormentas. Lo que se sabe de cierto es que están sedientos de sangre, violencia y disfrutan sembrando el miedo en los corazones de los hombres. El viajero los conoce bien, ya ha protegido otras aldeas de ellos, ya los ha enfrentado y ha visto el terror que causan y es ese conocimiento el que lo ha llevado a decidir que debe detenérseles a como dé lugar, sin importar el precio a pagar.
Las tormentas se anuncian sobre las montañas. Nubes negras que rugen con trueno y se hacen ver al destello de serpientes eléctricas atrapadas en un rictus entre los cúmulos nubosos. Estarán sobre la ciudad en un par de días y aunque nadie puede verlos, todos saben que en la oscuridad que provocan se esconden las bestias. El nerviosismo se siente en la gente de la ciudad, se manifiesta como un silencio roto solo en susurros, como si el elevar la voz fuese a acelerar el paso de las nubes, hacerlas llegar antes o despertar en ellas furia por atacar. La gente anda con la mirada baja y se mueve rápidamente cuando está en descubierto, miran alrededor mientras se mueven como cómplices de algún crimen moral. Solo el crujir de la nieve es un sonido constante que desgasta los nervios, de pronto el negro de la nieve que ha acumulado tierra es más profundo, el cielo gris se siente pesado sobre los hombros. El viento frio que antes despertaba el cuerpo hoy corta la piel y duele hasta los huesos, la maldad en él le ha cambiado la intención. Nadie ha muerto y sin embargo todos ya están teniendo el luto por aquellos que se irán en esta temporada de tormentas. Es la antesala al terror que nace de la rutina fatal de la que es parte esta ciudad.
El los mira mientras acuna entre sus manos una taza de vino caliente con especias, esta intranquilo pero parece seguro y estable. A su alrededor los hombres que están de guardia junto a la puerta hacen lo mismo pero no hay nada de la plática alegre o conversación casi grosera que suele acompañar una reunión con bebida. Nadie siente el ímpetu de romper el silencio, resulta casi blasfemo pensar en tratar de regresarle a este pueblo en este momento su alegría. El trago le quema la garganta y le despierta algo en el pecho, por un segundo es como si todo el mundo se hubiera difuminado a gris y solo él tuviera color, sonríe y los hombres a su alrededor beben alentados por su sonrisa. Nadie rompe el silencio, pero al menos se siente un poco de luz entre tanta oscuridad. El viento sopla pero no aúlla, serán días y noches frías, solitarias, pero las enfrentaran, estarán listos. El estará listo para enfrentar la oscuridad.
La luz de la mañana nunca llega, parece que la noche se ha vuelto reina de la tierra. El cielo solo cambia de tonalidad, pasando de un absoluto negro a un muerto y oscuro gris. El viento sopla y carga con él nieve densa que permite ver apenas unos metros más allá de la muralla. Dentro de la ciudad las lámparas ayudan a dar mejor visibilidad creando pequeños refugios contra la oscuridad. Sin embargo nadie transita entre las calles, la gente se ha preparado para esto, el calor y refugio de sus hogares les permite sentirse un poco más seguros, para los guardianes de la muralla, esto no es una opción, ellos son la última defensa contra la oscuridad. Impacientes miran al horizonte esperando detectar algo, aunque saben bien que nada será visible hasta que esté al pie de la muralla y es entonces que deberán reaccionar y proteger la ciudad que han llamado hogar.
El día pasa sin eventualidades y el cielo vuelve a su negro absoluto, las tormentas se han vuelto un ruido blanco en el trasfondo ahora que todos se han acostumbrado a ellas, la oscuridad casi total solo se interrumpe cuando un relámpago baja a golpear el suelo en algún lugar lejano, hasta ellos parecen no querer acercarse a la ciudad. La tensión ya se ha apoderado de los guardianes de la muralla, los hombros se sienten rígidos, las piernas se sienten pesadas y sin fuerza, de vez en cuando mueven el cuello escuchando a todos sus músculos quejarse bajo la incipiente tensión.Camina a lo largo de la muralla y les da palmadas en la espalda, como recordándoles que esto vale la pena, que no están solos y que el sol volverá a salir. Solo le responden sonrisas débiles o asienten con la cabeza en un movimiento que se pierde ante la furia de los vientos. Resulta más que suficiente recibir esas reacciones. Él sabe que las señas son débiles pero cuando un hombre está al borde del conflicto cualquier reacción moral es mejor que el terror o la apatía, es como si aquella antorcha fuese no solo un refugio contra la oscuridad, sino también su pequeña fuente de energía y valor para los soldados en la muralla, tal vez ser el viajero no sea una maldición tan pesada.
De pronto nota el exagerado silencio. No es que fuera extraño que un hombre en la muralla fuera silencioso, lo extraño era que el violento abofeteo de la ventisca no ocasionara que la armadura chocara entre si y generara ese tintineo metálico que había acostumbrado en las murallas. Corre y debido a su desesperación no logra darse cuenta del pequeño montículo de nieve que se ha formado en el suelo tropieza y rueda usando la inercia de su velocidad poniéndose rápidamente en pie sin mirar atrás, continua su carrera. Preocupado por la ubicación del guardia busca más adelante en la muralla y solo encuentra al siguiente guardia que jura no saber nada de su compañero ni haber escuchado nada. De pronto el frio de la tormenta le toca los huesos de una manera irreal, recorre su espalda y le seca la boca. Baja de la muralla y corre hacia la puerta esperando que aún no haya ocurrido lo impensable. Las pequeñas callejuelas se han llenado de nieve y su andar es estable pero lento aun cuando sus piernas se sienten como si fuerana explotar en llamas por el esfuerzo que les está requiriendo. El aliento le corta la garganta con cada respiro, los ojos le arden y las lágrimas que le provoca la ventisca se convierten en pequeños diamantes en sus mejillas. Llega a la puerta y el sonido metálico lo tranquiliza. Los guardias lo miran y saludan, todo está en paz. Respira profundo y recupera su aliento, tal vez el guardia solo ha sufrido de un horrible caso de terror y ha huido a algún lugar donde se sienta seguro. Habrá que buscarlo y tranquilizarlo, asegurar que volverá a la muralla. Una vez tranquilizado por sus propios pensamientos vuelve a sus rondas de la muralla, esperara a otro día para resolver esta situación o bien alguien más las resolverá según como se desarrolle todo en los próximos días.
El cielo clarea y los relevos llegan a sus posiciones, nadie parece muy motivado, ni quienes se van ni quienes llegan, de pronto un grito desgarrador parte el ruido blanco de la tormenta. Las miradas de todos se enfocan en la distancia, durante largos momentos solo el blanco de la nieve en la ventisca era visible. Esos largos momentos se sienten como si la ciudad entera hubiese dejo de respirar, la tensión de pronto comienza a molerle los músculos, los pone nerviosos y los hace ver más cansados de lo normal. Poco a poco el blanco de la nieve da lugar a una mancha gris, que se torna negra al paso de lentos segundo y pronto toma la forma de un hombre con demasiadas piernas. Las miradas se vuelven angostas mientras los soldados tratan de discernir lo que ven, si es cierto que son monstruos, pero monstruos con cuerpo humano, uno con demasiadas piernas resulta aterrador pero más que nada incoherente a la realidad.
La figura se corta contra el fondo blanco de la tormenta y el misterio se resuelve a sí mismo. Un hombre vestido en vendajes negros presiona contra si a una joven de cabello castaño y ojos negros. La joven tienes los ojos rojos y los labios secos, el cabello se le pega al rostro y sus mejillas tienen un camino de cristales que llega hasta su mentón, la pobre ha llorado incesantemente en la tormenta y ahora solo se ve agotada y sin ganas de pelear. Estos detalles seguro no los verán la mayoría demasiado aterrados por la escena, pero sabe que buscar, sabe que está viendo. El hombre recorre con ojos llenos de maldad los parapetos de la muralla, su sonrisa de dientes amarillos y desalineados le da una apariencia de maldad pura y eso sin mencionar el largo cuchillo acurrucado en el cuello de la joven. El aliento de la ciudad vuelve en un pesado suspiro que hace a los soldados cambiar el peso de pie a pie, pero la tensión sigue haciendo estragos mientras largos segundos pasan y todos se miran unos a otros esperando el desenlace de esta horrible situación, nadie quiere romper el silencio y ser el culpable de una tragedia, más aún porque reconocen el rostro de la joven. La joven era bien conocida en la ciudad, la hija del conde.
Sin dudar gira y ve al conde caminar por la nieve con la cabeza baja y un paso pesado y sin esperanzas hacia la puerta, es como revivir una pesadilla sus ojos más que horror reflejan pesadez y tristeza, la apariencia de quien ha perdido la esperanza. Sin dudarlo baja la muralla corriendo a interceptar al conde justo antes de que llegue a donde se encuentran los guardias de la puerta, Hay más celeridad en los pasos del viajero que decisión en ellos, hay derrota en su rostro y desesperanza en su mano que se afianza a la empuñadura de su espada hasta dejar los nudillos blancos. De pronto el conde mueve su capa en preparación y el brillo de acero desnudo es el único aviso sobre sus intenciones, pero el conoce esta danza, cada paso y cada nota. El sable nunca deja el cálido recoveco dentro de la capa sin embargo se cubre de sangre, la sangre del conde. Retira su sable del pesado cuerpo del conde dejándolo caer y teñir la nieve de rojo. Los ojos atónitos de los soldados en los parapetos lo siguen incrédulos mientras regresa a la muralla con más velocidad de la que tiene derecho un traidor, nadie nota cuando toma las dos ballestas recargadas en la muralla. Todo es tan rápido que para cuando reaccionan el viajero se ha convertido más un recuerdo entre la tormenta que una figura con sustancia.
En medio de la tormenta, frente a la puerta dos cuerpos yacen con una saeta cada uno, perforándole el pecho a ella y a él, unos metros más allá y con el rostro sumido en la nieve, atravesándole el cráneo, para estas alturas ya deberían saber el desenlace de esta historia las bestias de las sombras. El viento parece haber acelerado ahora que la amenaza de un rehén ha pasado. Los soldados se han recuperado y se miran incrédulos, algunos corren al establo y encuentran todos sus caballos muertos a excepción de los más viejos y uno de sus mejores caballos que esta simplemente perdido aunque la deducción de su paradero se vuelve casi obvia, una investigación más profunda revela que también les falta algo de pan y carne, nada que les impida sobrevivir el invierno, suficiente para que una persona logre un viaje en medio de la tormenta a la siguiente ciudad no amurallada, conveniente.
Lejos de la ciudad y a favor de los vientos violentos, el viajero refuerza sus creencias. Una línea de cristales le marca las mejillas, la repetición no ha vuelto fácil el manejo del cargo de conciencia, los resultados lo hacen dudar de los métodos empleados. Amargamente repasa la maldición de sus acciones. Se justifica pero sabe en lo profundo de su ser que jamás podrá detenerse pues es un asesino. No es la primera vez que se enfrenta a las bestias, espera poder detenerlas cada vez y cada vez falla, siempre es un objetivo diferente, un ataque directo no ocurrira jamás, no tienen los números para llevar acabo tal ataque, obligar a los ciudadanos a traicionarse es lo mejor que pueden hacer, siempre encuentran maneras nuevas de lograrlo, pero el hambre comienza a debilitarlos, aunque esa historia nadie la creerá, tienen el miedo a flor de piel y prefieren no arriesgarse. El ha vuelto su trabajo asegurarse de que las ciudades resistan y si no logra evitar la infiltración o el secuestro, o cualquier otra artimaña que decidan llevar acabo, es su trabajo evitar que los ciudadanos tomen una decisión por compasión, es su trabajo ser el monstruo. La próxima ciudad lo lograra, en la próxima no será un asesino y podrá partir como un héroe, podrá por fin explicar porque se ha convertido el monstruo en que se ha convertido. El siente que solo son excusas que le ayudan a sobrevivir, no importa que tanto las repita el castigo de su conciencia lo deja sintiéndose menos que un hombre.
Un día por fin cederá ante su necesidad de aceptación, un día por fin tomara el camino del héroe virtuoso y se entregara a cambio del rehén, a cambio de la comida, a cambio de la cura. Lo recordaran y cantaran canciones en su nombre, la siguiente temporada de tormentas por su compasión, ninguna ciudad sobrevivirá…
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