jueves, 16 de febrero de 2017

Café Cliché

El leve tintineo de la taza sobre le platillo de cerámica lo hace girar la mirada con la premeditación de un hombre demasiado seguro de sí mismo. Le sonríe al mesero y asiente con la cabeza en un movimiento apenas perceptible por el ojo humano, no importa, la sonrisa es cálida y el mesero, seguro sin notarlo, termina sonriendo. Su atención vuelve a la taza y le da un pequeño trago al negro líquido humeante. El calor del café le llena el pecho con una suave sensación que lo hunde profundamente en lo cliché de su situación. Un hombre en su costoso traje sentado en una terraza de un fino restaurante bebiendo café bajo un cielo gris en las calles bohemias de alguna nación sin nombre. Sonríe sabiendo bien que no es accidental que se encuentre en esta escena salida de las más costosas e insípidas películas hollywoodenses, pero ¿acaso puede alguien culpar a un hombre por regalarse un poco de poesía barata? ¿Por creerse participe de aquellas pinturas colgadas en la casa de los abuelos que inspiran melancolía por tiempos mejores? Es un pequeño pecado de estilo que siempre se regalara a sí mismo en la medida de lo posible.
 
En la acera de enfrente una mujer en una entallada blusa blanca, que no deja ninguna curva a la imaginación, y una falda negra, que trata de corregir lo sensual de la blusa siendo demasiado larga, camina con prisa sin siquiera voltear a ver a las personas que se cruzan en su camino. Él se imagina cómo será su vida. Seguro va al trabajo elegantemente tarde, porque claro que el jefe todos los días acurruca en su entrepierna la esperanza de llevarla a la cama y esto le da a ella un gran número de beneficios que nadie más en esa oficina puede ostentar. 
 
Su sonrisa crece al pensar en lo estereotípico que resulta esa idea.
 
Le da otro trago a su café y decide comenzar nuevamente esa historia con un giro. Ella es la jefa, es una mujer exageradamente cómoda con su sexualidad pero sabe muy bien que la vestimenta puede definir que tanto respeto te entrega un hombre. Ella preferiría usar una falda más corta pero en el mundo de los negocios aún hay demasiados dinosaurios dirigiendo importantes empresas con las cuales ella trata y entonces, es que cada mañana se encuentra escogiendo una mezcla entre conservador y caprichoso logrando el efecto deseado. No va elegantemente tarde, va justo a tiempo después de haber terminado una junta que la ha dejado insatisfecha pero ha obtenido el mejor resultado posible según los sucesos. Su mente está atrapada en la siguiente junta y no tiene tiempo para la gente que le cruza. Ella acelera el paso y se pierde al dar la vuelta en la esquina, seguramente dejando tras de sí un perfume que despierta más ideas impropias en quien tiene el gusto de olerlo.
 
El vuelve a su propia vida y sonríe. Acaricia la tela de su traje y piensa que a él le iría muy bien en cualquier negociación. Su trabajo actual nunca ha requerido que él lo haga pero sabe bien que tiene un porte intimidante y cuando la imagen le falla tiene las habilidades necesarias para reforzar sus puntos de vista o deseos. Si solo pudiera usar su reputación para respaldar su actitud.
 
A medio trago otra figura entre la multitud le llama la atención. Es un hombre con una bata de laboratorio, el cabello desaliñado, una pequeña libreta bajo el brazo y una bolsa en la cual parecen ir varias velas negras. El hombre voltea para todos lados con la mirada aguda, no hay nerviosísimo, sus movimientos son fluidos y deliberados. Incluso la gente distraída que parece hacer movimientos aleatorios resultan estáticos mientras él se mueve entre ellos. De pronto sus miradas se cruzan y al verse enganchado con esos profundos ojos negros llenos de inteligencia y vida, la imaginación empieza a volar. 
 
Es un científico, seguro está haciendo pruebas sobre el color y la luz, algo de óptica seguramente. Es tan inteligente que no tiene tiempo para cuidar su cabello. Él está al borde de un gran descubrimiento y sabe bien que parece huraño y desentendido del mundo a su alrededor, pero quisiera gritarles que lo hace por ellos ,que es su trabajo avanzar el conocimiento de la humanidad y sacarlos de la oscuridad de la ignorancia, pero no hay tiempo para eso, simplemente debe mantenerse enfocado en su trabajo. En su laboratorio mucho se burlan de el por cuan embebido está en sus estudios y no tener vida social, él no les hace caso. Las noches y los días pasan y el apenas puede llevar la cuenta, no recuerda bien el nombre del día en que está pero sabe que es el día noventa y tres de su investigación. Algo sale mal con el experimento y de pronto es cegado por la brillante luz del experimento fallido, sin embargo en su mente no hay terror por el daño, sino simplemente por los resultados.
 
De vuelta en el día lluvioso, al hombrecillo se le cae su libreta y maldice mientras la recoge. El continua mirando al hombrecillo mientras se mueve entre la multitud.
 
La sonrisa se desvanece y frunce el ceño pensando en lo curioso que seria que este hombrecillo no realizara una investigación sobre óptica, que en su lugar estuviera estudiando las características científicas y cualidades cuantificables de algún tipo de magia. Da el último trago a su café y la taza vacía parece más ruidosa sobre el platillo de cerámica. Al volver su mirada a la multitud el hombrecillo ha desaparecido. Se queda pensando que tal vez si él fuera científico se dedicaría a estudiar nuevos combustibles o métodos para generar energía, puede que incluso fuera perseguido por la ética profesional con que se acercaría a estos temas. No es que no tenga moral, es que simplemente está convencido que hay cosas por las que vale la pena morir, matar o destruir. Parte de su trabajo es precisamente eso, aunque claro el jamás juzga las razones de sus superiores para las encomiendas que le dan, el simplemente ejecuta la orden y deja que la gente con el dinero se encargue de las implicaciones morales, no es más que una herramienta y le resulta tan liberadora la idea. Deja su cuerpo relajarse contra el respaldo y el mesero aparece sonriendo. 
 
Lo mira fijamente, verdaderamente viéndolo esta ocasión, y por primera vez nota a la persona, contrario a la generalidad con la que lo identificaba por su empleo. Es un joven de entre 22 y 28 años, con la cara afeitada y una buena cabeza de cabello delicadamente peinado a la moda del momento. Es de mentón cuadrado y nariz estilizada, la piel apiñonada y unos sagaces ojos verdes. Es lo que en más de un círculo de mujeres es considerado atractivo. Sin embargo, el solo piensa que en esos ojos hay mucha seguridad, mucha más de la que debería haber. La idea lo lleva a imaginar las razones por las cuales nace esa seguridad, cuantas vueltas en la cama lo volvieron tan confiado en sí mismo. 
 
Es de esos jóvenes que nunca han tenido problemas llevándose alguien a la cama, las mujeres hasta por accidente, y en pares, encuentran el camino a ella. Seguro le encanta ir a bares frecuentados por mujeres mayores, como la mujer de la falda negra, acunar una bebida hasta que se torne tibia y alguna de las asiduas lo note y decida “dejarse” seducir y pagar por sus bebidas. Seguro espera a que la mujer este lo suficientemente tomada para empezar el contacto físico y llevarla a la cama de algún hotel que él jamás podría pagar, pero no importa, ella lo hará y el simplemente dará lo que se le pide. Uno podría hasta decir que ser mesero es su trabajo secundario, meramente un entretenimiento. Esta habilidad por supuesto le da esa seguridad y le crea un pequeño grupo de amigos que lo admiran como un si fuera algo increíble y único. Ninguno es en verdad sincero pero a él no le importa pues su vida no depende de amigos si no de esas mujeres que quieren llevárselo a la cama. 
 
Es sacado de su mente por el sonido metálico de la pequeña charola sobre la que descansa la cuenta. Esta vez ha sido más que solo imaginación. El mesero le ofrece una sonrisa y disimuladamente camina a otras mesas a acomodar dispensadores, que no necesitan ser acomodados, mientras espera su jugosa propina por ser tan amable. 
 
El busca un pequeño broche lleno de billetes del interior de su saco y se siente reconfortado al sentir le roce de metal en el interior. Saca suficiente para la cuenta y lo pone sobre la charola, aún falta la propina y mientras considera el dejarla o no el mesero lo mira atentamente. Toma otro billete y lo mueve entre sus dedos pensando, decidiendo al final no dejar la propina, no tiene caso. Guarda el billete y nota la mirada llena de odio del mesero. Le sonríe y piensa en decirle que no tiene caso dejar propina. Piensa en decirle al mesero que hace ya un mes que sedujo en aquel bar del centro a la mujer equivocada, que platicaron de cosas que no debían platicar y que ahora él ha sido enviado a asegurarse de que no haya cabos sueltos. Lo piensa, pero no lo dice.
 
Solo le ofrece una sonrisa y un hasta luego. Mientras camina por la calle se pregunta ¿Qué vida se imaginara la gente para él?

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